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La bioenergía humana

Por Juan R. Villaverde

En occidente, el término energía proviene del griego en = en y ergon = acto. Por lo que energía significará la fuerza, el poder de la acción.

En física, energía es una noción abstracta ligada a todas las manifesta­ciones de fuerza, de movimiento, de calor, de campo gravitatorio, eléctrico, magnético.

En mecánica, energía es la aptitud de realizar una determinada cantidad o magnitud de trabajo. Esta energía mecánica, como es sabido, se manifiesta bajo dos formas conocidas: cinética y potencial y dos formas prácticas: aerodinámica e hidráulica. Por otra parte, la transformación de la energía calorífica en trabajo, dio nacimiento a la termodinámica.

Así podríamos ir enumerando diferentes tipos de energía y sin embargo nunca encontraríamos una definición satisfactoria de dicha palabra, ya que aún aceptando la similitud de energía con fuerza, pero la fuerza como tal no es susceptible de ser medida, tan solo son mensurables sus manifetaciones. La experiencia cotidiana nos lo demuestra: ¿como podemos medir la energía física de un individuo? Poseemos aparatos como el ergomiógrafo o el electrocardiógrafo; podemos evaluar la capacidad pulmonar de un individuo, sus índices de robustez, su tensión arterial o bien las funciones de su músculo cardíaco, pero todo esto tan solo son manifestaciones del poder energético y no sobre el potencial energético mismo.

Para los chinos, el problema esencial es justamente el estudio de la energía humana. Esta energía es del mismo tipo que la energía existente en el Cos mos. Podemos medir sus efectos, perno no conocer los orígenes y su poder intrínseco.

El ser humano, como un unidad viviente que es, está consti­tuido por un torbellino de energía que ha atraído y dispuesto ciertas  mo­léculas esparcidas en el espacio, las cuales permanecen en continuos cam­bios perpetuos que dan lugar a efectos de creación y destrucción controladas.

Al mismo tiempo, todo fenómeno viviente puede ser considerado como un «sistema abierto», ya que posee una organización económica estructurada de tal forma que exige un aporte de energía, al tiempo que elimina los desechos orgánicos. Entre estos dos extremos se sitúa todo trabajo vital.

En palabras de M. Mussat «el ser vivo es un subconjunto producido, defi­nido y determinado por un conjunto-entorno primario del cual ha nacido»;.

Dicho trabajo está constituido por numerosos niveles de transformación, desde la célula hasta la compleja organización de un órgano o de una función vital.

Podemos, por lo tanto, definir a un sistema viviente como «un conjunto energético en equilibrio dinámico», a condición de que no intervenga ninguna perturbación externa, lo cual constituiría la enfermedad.

La vida está gobernada por una energía sintetizadora y plasmadora que coordina y organiza en una unidad funcional los elementos histológicos, en­docrinológicos, humorales, bioquímicos y psíquicos del organismo que, de este modo, resultan recíprocamente correlacionados, al punto que resulta impensable aislar en vida cualquiera de ellos de la economía general sin provocar un daño en la totalidad del organismo.

Todo, desde el sistema nervioso central hasta cada una de las células de los tejidos menos nobles, está sujeto al influjo ordenador de esta energía.

Cuando esta función dinámica se altera se produce una disergia funcional que provoca un desequilibrio en la función de los órganos y de la homeostasis, dando origen al estado de enfermedad.

Esta bioenergía ha recibido diferentes nombres a lo largo de la historia de la humanidad: Prana en la medicina ayurvédica, Ki (Chi) en la medicina tradicional china, orgónica para Wilheim Reich o “alain vital”  para Bergson, pero en todos lo casos existe un punto en común. Básicamente se trata del quamtum energético que mantiene la vida.

En nuestro trabajo cotidiano con pacientes podemos ver como la mayoría de enfermedades surgen cuando se produce un desajuste energético en la pesona, y únicamente restableciendo el equilíbrio bioenergético podemos restaurar la salud de la persona.