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Los caramelos de la muerte

Por Juan R. Villaverde

La depresión es una de las enfermedades con mayor aumento en nuestra sociedad, sin duda incentivada por la profunda crisis de nuestros tiempos, tanto en el ámbito económico como en el familiar y social. Pero la medicina moderna en lugar de tratar de comprender las causas y ayudar a solventarlas, prefiere dar una especie de «caramelos», en forma de antidepresivos, que poseen un efecto placentero, ayudando a cerrar los ojos a la realidad. Y como dice el refrán: «ojos que no ven, corazón que no siente». Pero esos «caramelitos» causan 40.000 muertes al año en los Estados Unidos y cientos de miles en todo el mundo.

El hecho de tratar con antidepresivos viene de la idea, alimentada por la industria farmacéutica, de que la depresión se debe a un «desequilibrio químico», y en consecuencia los fármacos corregirán ese desequilibrio. Pero la realidad es que los antidepresivos no solamente no resuelven el problema, sino que lo consolidan.

Pero en la mayoría de los casos, los antidepresivos no solucionan el problema, son como dardos que caen fuera de la diana, ya que, según los estudios de la doctora Eva Redei, de la Escuela Northwestern’s Feinberg, la creencia de que la depresión se debe a un nivel bajo de neurotransmisores, como la serotonina, la noradrenalina o la dopamina, es errónea, ya que la depresión comienza encima de la cadena de eventos bioquímicos en el cerebro. Como asegura la Dra. Redei «los medicamentos se han centrado en los efectos y no en la causa».

Los síntomas de la depresión pueden ser muy variados y muchas veces no se les da la importancia que puedan tener. Entre esos síntomas podemos encontrar:

  • Alteraciones del sueño, con insomnio o hipersomnia.
  • Desinterés por las cosas.
  • Sentimiento de culpa.
  • Pérdida de vitalidad, con una sensación general de fatiga.
  • Falta de concentración.
  • Indecisión.
  • Pérdida del apetito.
  • Ideas suicidas o pensamientos recurrentes sobre la muerte.

  • Como vemos los síntomas puede ser muy variados, pero lo que realmente nos importan son las causas. Podríamos decir que existen diferentes factores que inducen o favorecen los estados depresivos. La primera de ellas la encontramos en los alimentos procesados y refinados, sobre todo en aquellos (que son la mayoría) que contienen azúcares refinados. Recordemos las palabras de William Dufty quien en su libro The sugar blues ya nos alertaba de que «el azúcar es una droga tan adictiva y dañina como la cocaína» y que altera nuestras facultades físicas y mentales.

    En segundo lugar podríamos hablar de la deficiencia de las grasas omega-3 en la dieta, y que podemos encontrar en las semillas de lino y e chía, en la quínoa, en la nueces y en algunos aceites como el de canola, soja y sobre todo el de nuez. En el reino animal los omega-3 se encuentran sobre todo en ciertos pescados, como el salmón, las anchoas o las sardinas, pero el problema es que los pescados contienen cada vez más metales pesados e infinidad de sustancias tóxicas, como consecuencia de la contaminación de los mares, aunque no siempre se alerte a la población, para preservar la industria pesquera.

    Otra de las causas de la depresión es el aumento del sedentarismo y la falta de ejercicio. No olvidemos el lema de «mente sana en cuerpo sano». El ejercicio físico es uno de los mejores antidepresivos existentes.

    También existen estudios que relacionan ciertos tipos de depresión con carencias de vitamina B12 y D, llegando a asegurar que se puede reducir la esquizofrenia un 87 % dando un suplemento de vitamina D. Y no olvidemos que la vitamina D se adquiere tomando el sol, por lo que los paseos diarios bajo el sol nos aportan un doble beneficio, el de la vitamina D y el del ejercicio.

    Pero más allá de los problemas físicos o biológicos que puedan inducirnos a ciertos estados depresivos está la «crisis de identidad» que tienen las personas con depresión. Y no estoy refiriendo únicamente a la «típica crisis de identidad» que sufren la mayoría de adolescentes, sino a la crisis de identidad en el adulto, que puede estar desencadenada en la pérdida de, trabajo, el fallecimiento de un ser querido o en un divorcio. Un «psico-schock» que puede causar una verdadera catástrofe emocional.

    En nuestra consulta tratamos las depresiones mediante la homeopatía personalizada. Es decir realizamos lo que se conoce como una «repertorización homeopática» y posteriormente elegimos el tratamiento que mejor se adapta a la situación personal del paciente. Es lo que se conoce como homeopatía «unicista», la que trata de llegar a lo más profundo de la persona, lo que C.G. Jung llamaba «la sombra del inconsciente». Se podría decir que la homeopatía, en el ámbito de la psicología, «aporta luz a la sombra».